El nombre de YoungHoon Kim se ha vuelto viral en los últimos meses, no solo por ser presentado como el hombre con el coeficiente intelectual más alto del mundo, sino por una afirmación que desafía muchos prejuicios modernos: la Biblia, dice, es la fuente que potencia su inteligencia.
Este científico y empresario surcoreano, cuyo IQ ha sido reportado en 276 y reconocido por organizaciones como Official World Record y certámenes de memoria, se ha definido públicamente como un ferviente cristiano y ha vinculado de forma directa su fe con su desempeño intelectual y profesional. En un entorno donde se suele contraponer ciencia y religión, sus declaraciones han abierto un intenso debate en redes sociales y medios de comunicación.
En diversas intervenciones y publicaciones, Kim ha insistido en que la Biblia no es para él solo un libro religioso, sino una fuente de sabiduría que transforma la mente, fortalece el carácter y revela lo que denomina inteligencia espiritual. Según sus palabras, el texto bíblico sería la clave para el desarrollo de la lógica, la disciplina mental y la capacidad de tomar decisiones acertadas en un mundo saturado de información y estímulos.
Ha llegado a afirmar que la Biblia es la fuente de su inteligencia y que Cristo es su lógica, subrayando que, en su experiencia, fe y razón no se excluyen, sino que se complementan y se potencian mutuamente.
Kim también ha provocado polémica al sostener que la Biblia es la perfecta, eterna y definitiva Palabra de Dios, un texto que no necesita ser actualizado, sino que es la sociedad la que debería “alcanzarla” en términos de valores, ética y comprensión de la realidad. Para él, estudiar la Biblia ha sido una de las mejores decisiones de su vida, al punto de considerarla el área definitiva de todas las áreas del conocimiento, por encima de cualquier otra disciplina.
Este planteamiento contrasta con la visión, muy extendida en ambientes secularizados, de que quienes leen la Biblia son personas anticuadas o alejadas del pensamiento crítico; una imagen que el científico surcoreano busca refutar con su propio caso.
Su postura ha sido retomada por líderes religiosos que ven en sus palabras una confirmación de pasajes bíblicos tradicionales, como la idea de que el temor de Dios es el principio de la sabiduría y de que quien se expone constantemente a las Escrituras aumenta su aprendizaje y su capacidad de juicio. En predicaciones y contenidos digitales, pastores y comunicadores cristianos han citado el testimonio de Kim como ejemplo de que la lectura diaria de la Biblia puede influir en la forma de pensar, en la estabilidad emocional y en la toma de decisiones, más allá del ámbito estrictamente espiritual.
Al mismo tiempo, críticos y escépticos señalan que un alto IQ no convierte automáticamente en autoridad en materia de religión ni prueba científica la relación entre estudio bíblico e incremento de inteligencia, y recuerdan que sus afirmaciones se sitúan en el terreno de la experiencia personal y la fe.
Más allá de las posiciones a favor o en contra, el caso de YoungHoon Kim pone sobre la mesa una discusión de fondo: hasta qué punto los textos religiosos pueden influir en el desarrollo intelectual en un siglo dominado por la tecnología y la inteligencia artificial. Su historia reabre la pregunta sobre si la búsqueda de sentido, valores y trascendencia puede convivir y dialogar con la investigación científica de alto nivel, en lugar de estar condenada al conflicto.
Mientras sus mensajes se siguen compartiendo y generando reacciones encontradas en redes de todo el mundo, el científico surcoreano se mantiene firme en su convicción de que la Biblia no limita su pensamiento, sino que lo ordena y lo expande, y de que allí radica, en buena medida, la singularidad de su extraordinaria capacidad intelectual.
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