La década que va de los 36 a los 46 años suele ser una bisagra: ahí se consolidan rutinas y se acumulan exposiciones que, con el tiempo, terminan reflejándose en cómo funciona el cuerpo y la mente durante la vejez.
Distintos trabajos sobre salud en la mediana edad coinciden en que es una ventana clave porque varios marcadores y conductas de ese periodo se asocian con el riesgo posterior de enfermedades crónicas, deterioro funcional y calidad de vida en edades avanzadas.
En esos años, muchas personas todavía se sienten “jóvenes” y capaces de sostener jornadas largas, poco sueño o sedentarismo, pero el organismo empieza a cobrar factura de manera silenciosa, con cambios que suelen aparecer primero como señales sutiles y luego como diagnósticos más claros. La evidencia longitudinal ha descrito que indicadores como presión arterial, función pulmonar, glucosa, colesterol, sueño y peso en la mediana edad pueden anticipar resultados de salud y cognición más adelante, lo que refuerza la idea de que no se trata de un mensaje motivacional, sino de una relación medible entre etapa de vida y desenlace futuro.
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El punto no es “vivir perfecto”, sino reducir riesgos que se acumulan: fumar, el exceso de alcohol, el sobrepeso y la inactividad física destacan de forma repetida como factores que inclinan la balanza hacia una vejez con más limitaciones. Estudios de seguimiento han encontrado que evitar el tabaquismo y el sobrepeso, y mantener buena condición física en la mediana edad, se asocia con mayor probabilidad de alcanzar edades avanzadas, mientras que la combinación de hábitos saludables en ese periodo se vincula con un mejor envejecimiento global.
A la par de lo físico, la parte psicosocial también pesa más de lo que se suele reconocer: el sentido de control, el propósito vital y el apoyo social en la mediana edad pueden impulsar conductas protectoras y sostener la salud mental, y esa interacción termina influyendo en la autonomía y el funcionamiento cotidiano cuando se envejece. Por eso, hoy se habla de “salud” en un sentido amplio, donde moverse, dormir, alimentarse bien y cuidar vínculos no compite con lo médico, sino que lo complementa y lo potencia a largo plazo
Bajo ese enfoque, organismos internacionales recuerdan que mantener hábitos saludables a lo largo de la vida, especialmente una dieta equilibrada, actividad física regular y no consumir tabaco, reduce el riesgo de enfermedades no transmisibles, mejora la capacidad física y mental y puede retrasar la dependencia de cuidados. Si la pregunta es por qué enfatizar justo de los 36 a los 46, la respuesta práctica es que todavía hay margen para corregir rumbo con efectos acumulativos positivos, antes de que el deterioro y las enfermedades crónicas se vuelvan el “nuevo normal” en la segunda mitad de la vida.
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