Hay quienes se sienten francamente incómodos a su alrededor e incluso los evitan, y la psicología explica que detrás de esa reacción suele haber una mezcla de experiencias personales, creencias y factores biológicos más complejos que un simple me gustan o no me gustan. Diversos especialistas señalan que la aversión hacia los gatos rara vez responde a una única causa, sino a la suma de pequeños motivos que, con el tiempo, refuerzan la distancia con estos felinos domésticos.
Uno de los factores más frecuentes son las experiencias negativas en la infancia o adolescencia, como rasguños, mordidas o episodios de miedo intenso que dejan una huella duradera. Esas vivencias, incluso cuando son aisladas, pueden convertirse en un recuerdo que se reactiva cada vez que la persona se acerca a un gato, generando rechazo o ansiedad.
A esto se añaden las historias transmitidas por familiares, relatos cargados de dramatismo e imágenes culturales en las que el gato aparece como un animal traicionero, frío o poco confiable, lo que termina consolidando una imagen desfavorable en el imaginario personal.
También existen elementos muy prácticos que influyen en la falta de afinidad. Las alergias ocupan un lugar central: se estima que cerca de una de cada cinco personas en el mundo está sensibilizada a los alérgenos de los gatos, lo que convierte a esta alergia en la más frecuente entre las causadas por mamíferos domésticos.
Quienes la padecen suelen asociar a los gatos con estornudos, picor de ojos, congestión y malestar, por lo que el contacto con ellos se vuelve incómodo y poco deseable, más allá de cualquier consideración emocional que puedan tener hacia el animal.
La forma de ser de los gatos también resulta determinante para muchas personas. Estudios de comportamiento animal subrayan que los gatos se perciben como más independientes, impredecibles y selectivos en sus muestras de afecto, en contraste con los perros, que tienden a buscar de forma constante la aprobación y la atención de sus dueños.
Esa aparente distancia emocional hace que algunos los vean como mascotas menos leales o menos integradas a la dinámica familiar y, en consecuencia, se sientan menos conectados con ellos o incluso poco inclinados a convivir con un felino en casa.
En otros casos la aversión está ligada a miedos más intensos, como la ailurofobia, una fobia específica a los gatos que se manifiesta con pánico ante su presencia o incluso con solo pensar en ellos. Quienes la padecen pueden experimentar síntomas físicos de ansiedad, evitar lugares donde haya gatos y reorganizar su vida cotidiana para minimizar cualquier encuentro con estos animales. Este tipo de trastorno suele estar asociado a experiencias traumáticas previas o a creencias muy arraigadas que presentan al gato como una amenaza, y requiere un abordaje terapéutico similar al de otras fobias específicas.
La cultura y los símbolos históricos alrededor de los gatos completan el panorama. A lo largo del tiempo, estos animales han sido asociados tanto con la buena fortuna como con la brujería, lo oculto y lo misterioso, y en algunos contextos se los vincula con lo femenino y lo espiritual, rasgos que no siempre resultan cómodos para todas las personas.
Para ciertos individuos, su conducta sigilosa, su habilidad para cazar y su apariencia enigmática refuerzan una sensación de inquietud que se traduce en desconfianza o rechazo. En última instancia, la psicología recuerda que también hay un motivo sencillo y válido: del mismo modo que no todos disfrutan del mismo tipo de música o de comida, hay quienes, sin traumas ni grandes explicaciones, simplemente no conectan con los gatos.
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