La historia de Ann Messina Freeman, madre de Carolyn Bessette, vuelve a cobrar relevancia a raíz de una reciente revisión de su papel en la relación de su hija con John F. Kennedy Jr., marcada por la desconfianza, un trágico accidente aéreo y una posterior demanda contra la poderosa familia estadounidense. Desde el inicio, Freeman no vio con buenos ojos que Carolyn renunciara a su vida profesional y a su discreta rutina para convertirse en una Kennedy, y así lo dejó entrever en el discurso que pronunció la noche antes de la boda, en el que, según testigos citados en biografías sobre el matrimonio, el mensaje de fondo fue una advertencia directa: hija, ¿estás segura de dónde te metes?
Aquella intervención, recreada en la serie Love Story de la plataforma Disney+, se ha convertido en una de las escenas clave de la ficción al mostrar a una madre que rompe con el guion complaciente para hablar desde la preocupación y el instinto, temiendo que su hija fuera engullida por el ruido mediático y el peso simbólico del apellido Kennedy. Relatos de amigos cercanos al matrimonio, como el escritor Robert Littell, coinciden en que Freeman cuestionaba lo que Carolyn estaba sacrificando y en que sus palabras sorprendieron por su franqueza, al tiempo que dejaron visiblemente afectado a John F. Kennedy Jr., quien ya entonces vivía bajo una intensa presión pública.
Ese sexto sentido maternal se extendió también a los temores de Freeman sobre la afición de su yerno por pilotar avionetas. Ella misma contó que le advirtió que nunca volara con dos de sus hijas al mismo tiempo, una frase que cobraría un tono casi premonitorio la noche del 16 de julio de 1999, cuando recibió la llamada que confirmaba que el avión pilotado por Kennedy Jr., en el que viajaban Carolyn y su hermana Lauren, no había llegado a su destino. El aparato se estrelló en el mar, a unas siete millas de Martha’s Vineyard, durante un vuelo nocturno con mala visibilidad, y las investigaciones apuntaron a una pérdida de control por desorientación espacial del piloto, que tenía apenas quince meses de experiencia y no estaba preparado para operar de noche en esas condiciones.
Tras el accidente, que segó la vida de una de las parejas más mediáticas de finales de los noventa y de la hermana de Carolyn, Freeman optó por vivir el duelo en la intimidad, lejos de los focos que siempre había rechazado. Sin embargo, dio un paso firme en los tribunales al presentar una demanda en la que reclamaba parte de la herencia de su yerno, alegando muerte injusta y el dolor y sufrimiento conscientes de sus hijas. El caso terminó en un acuerdo extrajudicial cuyos términos no se hicieron públicos, pese a que algunos medios hablaron de una cifra millonaria que los abogados de la familia desmintieron, mientras el testamento de Kennedy destinaba la mayor parte de sus bienes a un fideicomiso familiar y a organizaciones benéficas.
La trayectoria vital de Carolyn ayuda a entender la admiración y la influencia que su madre ejercía sobre ella. Hija de una maestra y de un arquitecto y ebanista que se divorciaron cuando la futura esposa de Kennedy Jr. tenía ocho años, creció junto a su madre y sus hermanas en Connecticut, tras la separación del matrimonio y la mudanza desde Nueva York. Biógrafos que han seguido la historia de los Bessette y los Kennedy sostienen que Carolyn admiraba la independencia y la fortaleza de Freeman, una mujer segura de sí misma, físicamente parecida a su hija y decidida a proteger su privacidad frente al interés incesante de la prensa.
Fiel a esa reserva, Freeman habló en contadas ocasiones en público, incluso después de la tragedia. Cerca del primer aniversario de la muerte de Carolyn y Lauren, difundió un breve comunicado en el que reconocía que la pérdida de esos tres jóvenes había cambiado su vida para siempre y que su familia seguía lidiando con el dolor, al tiempo que pedía preservar lo que quedaba de su intimidad. Mantendría ese bajo perfil hasta su fallecimiento en 2007, dejando atrás una historia donde las advertencias de una madre chocaron de frente con el magnetismo y el peso histórico de los Kennedy, una familia que, décadas después, sigue asociada a la idea de una maldición marcada por muertes prematuras y duelos repetidos.
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