Shonda Rhimes no se enamoró de Los Bridgerton por ser una historia revolucionaria, sino por todo lo contrario: un culebrón romántico de época, lleno de clichés deliciosos. El verdadero giro llegó después, cuando Netflix convirtió esas novelas clásicas en un cuento sin corsé, diverso, moderno y absolutamente adictivo.
La cuarta temporada —al menos en su primera parte— confirma algo que ya sospechábamos: la serie sabe cómo mejorar el material original. Y lo hace especialmente bien con Benedict Bridgerton y Sophie, una pareja que llega para robarse el corazón del público… y, quizá, el título de mejor romance de toda la saga.
Inspirada en La Cenicienta, la historia mezcla bailes enmascarados, guantes perdidos y príncipes despistados con una mirada más terrenal: la dura realidad de Sophie como criada, atrapada entre la educación que recibió y la vida que le tocó vivir. El contraste funciona de maravilla y le da al romance una profundidad poco habitual en el universo Bridgerton.
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Luke Thompson vuelve a brillar como el hermano más libre y encantador de la familia, ahora enfrentado a su mayor reto: el compromiso. A su lado, Sophie no es ninguna damisela en apuros, sino una protagonista ingeniosa, firme y encantadora. Juntos construyen un amor íntimo, lleno de pequeños gestos, miradas que dicen más que mil palabras y momentos que invitan a quedarse a vivir en esa burbuja que crean lejos del ruido de Mayfair.
El problema es que Los Bridgerton vuelve a tropezar con la misma piedra: demasiadas subtramas. Entre bodas, reflexiones eternas sobre el matrimonio, romances secundarios y enredos que no terminan de sumar, la serie interrumpe una y otra vez lo que mejor le funciona. Justo cuando quieres volver a la campiña con Benedict y Sophie, la historia te arrastra de nuevo al caos del ‘Ton’.
Aun así, la base es sólida y prometedora. Si la Parte 2 logra ajustar el foco, estamos ante una temporada que podría quedarse como una de las más queridas. Porque, esta vez, el amor principal no solo convence: enamora.

