Britney Spears volvió a sacudir a la industria musical, no con un nuevo lanzamiento, sino con una decisión que redefine su legado y su relación con el negocio que la convirtió en ícono global.
La artista estadounidense vendió los derechos de su catálogo musical a la editorial independiente Primary Wave, en un acuerdo calificado como histórico y valorado en torno a los 200 millones de dólares, según reportes de medios especializados y documentos legales filtrados a la prensa.
La operación se habría cerrado el 30 de diciembre y salió a la luz pública a inicios de febrero, cuando portales como TMZ, BBC y The New York Times confirmaron que Spears transfirió su participación en los derechos de su catálogo, que incluye clásicos del pop como ‘Baby one more time’, ‘Oops!… I did It again’, ‘Toxic’, ‘I’m a slave 4 U’ y ‘Gimme more’, entre otros éxitos construidos a lo largo de más de dos décadas de carrera.
Aunque el monto exacto no figura en los documentos, distintas fuentes coinciden en que ronda los 200 millones de dólares, colocándola en el grupo de artistas que han logrado acuerdos más lucrativos por sus canciones en los últimos años.
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El catálogo vendido comprende los derechos económicos que le correspondían a la cantante por la explotación de sus obras, mientras que los másters de las grabaciones siguen en manos de Sony Music, sello que ha manejado su discografía desde finales de los años noventa.
Esto significa que Primary Wave pasa a administrar y monetizar el uso de los temas de Spears en plataformas de streaming, ventas digitales, licencias para cine, televisión y publicidad, al tiempo que la artista mantiene la posibilidad de interpretarlos en vivo, aunque los ingresos derivados de esas ejecuciones se canalicen hacia el nuevo propietario del catálogo.
En términos financieros, el acuerdo se inscribe en una tendencia que ha llevado a figuras como Justin Bieber, Bob Dylan, Bruce Springsteen y otros artistas consolidados a capitalizar en vida el valor de sus catálogos ante el auge del streaming y el aumento de las licencias para contenidos audiovisuales.
En el caso de Spears, se estima que su música genera varios millones de dólares al año solo en concepto de reproducciones y sincronizaciones, lo que explicaría que Primary Wave haya aceptado pagar un múltiplo elevado de las ganancias anuales para asegurarse una fuente estable de ingresos futuros respaldada por clásicos del pop reconocidos a nivel mundial.
Más allá de las cifras, la venta del catálogo tiene una fuerte carga simbólica para una artista que durante años luchó por recuperar el control de su vida y sus finanzas tras el fin de la tutela legal que condicionó su carrera y sus decisiones personales.
Distintos reportes apuntan a que la operación le otorga a Spears una nueva seguridad económica, al convertir en efectivo el valor acumulado de su obra y permitirle desvincularse operativamente de una industria que, según han señalado analistas y portales de espectáculo, marcó profundamente tanto su ascenso como sus crisis.
Con esta venta, Britney Spears se suma a la lista de artistas que han optado por cerrar un capítulo de su trayectoria transformando su legado musical en un activo financiero de alto rendimiento. Para sus seguidores, el movimiento se vive como una especie de final de época, aunque en la práctica sus canciones seguirán sonando en radios, plataformas y producciones audiovisuales de todo el mundo, ahora bajo la gestión de Primary Wave, que apuesta a mantener y potenciar el impacto de uno de los catálogos pop más influyentes de la generación de los noventa y dos mil.

