La polémica en torno a Timothée Chalamet estalló a finales de febrero, cuando durante un foro organizado por Variety y CNN junto a Matthew McConaughey el actor habló del futuro del cine comparándolo con otras artes escénicas y afirmó que no quería trabajar en ballet u ópera, en contextos donde se busca mantener vivo algo que, según dijo, ya a nadie le importa.
Aunque después matizó que respetaba a quienes se dedican a esas disciplinas, el extracto con la idea de que “nadie se preocupa” por estos formatos se hizo viral y encendió una ola de críticas que lo acompañó hasta la temporada final de premios.
La reacción del mundo del ballet y la ópera fue inmediata: desde la Metropolitan Opera de Nueva York hasta compañías como la Royal Ballet y otras instituciones utilizaron redes sociales y comunicados para responder, algunas con humor, invitándolo a asistir a funciones, y otras con molestia por lo que consideraron un comentario desinformado sobre la vigencia de estas artes. Figuras de peso en el espectáculo, como la mezzosoprano Isabel Leonard, la bailarina Megan Fairchild, Whoopi Goldberg y Jamie Lee Curtis, señalaron al actor por despreciar públicamente trabajos que, históricamente, han alimentado al propio cine que hoy lo encumbra. Para muchos analistas, esta grieta afectó temporalmente la imagen del llamado “golden boy” de Hollywood justo cuando buscaba consolidarse como actor de prestigio
Sin embargo, a la hora de evaluar si el escándalo podía costarle o no el Oscar, entra en juego el calendario de la Academia. El comentario se produjo en un evento de CNN y Variety en febrero y, aunque la controversia creció durante la primera quincena de marzo, los reportes coinciden en que la votación para los premios ya había concluido el 5 de marzo, antes de que el tema explotara en redes y en los programas de opinión. Medios especializados señalan que, en términos estrictos, la mayor parte de la indignación pública se dio cuando las papeletas ya estaban entregadas, lo que hace poco probable que la tormenta digital haya influido de manera decisiva en el resultado de la categoría de mejor actor.
La ceremonia de los Oscar terminó de convertir la controversia en chiste recurrente, cuando el anfitrión Conan O’Brien bromeó sobre posibles “ataques” de las comunidades de ballet y ópera, incluso rematando que solo faltó que menospreciara también al jazz, mientras Chalamet se reía desde la primera fila. El hecho de que la Academia permitiera que el tema fuera parte del monólogo de apertura, y que el actor reaccionara con naturalidad, fue leído por algunos como una especie de catarsis pública más que como una sanción simbólica, una manera de desactivar la tensión en lugar de profundizarla
Al final, más que determinar por sí sola el destino de una estatuilla ya encaminada por plazos y votaciones cerradas, la controversia parece haber reconfigurado la conversación en torno a Chalamet: de joven promesa incuestionable a figura sometida al escrutinio sobre lo que dice y cómo entiende otras formas de arte. La discusión dejó en claro la sensibilidad que existe alrededor de disciplinas tradicionales como el ballet y la ópera, y recordó a las nuevas estrellas de Hollywood que, en plena era de redes sociales, una frase desafortunada puede no arruinar una carrera ni un premio, pero sí cambiar la percepción pública en cuestión de días.

