El disco que casi rompe a los Rolling Stones, pero terminó salvándolos


Cuatro décadas después de su lanzamiento, Dirty Work sigue siendo recordado como el peor disco de la carrera de los Rolling Stones, pero también como el álbum que, paradójicamente, evitó la ruptura definitiva de la banda y marcó el camino hacia su resurrección artística. Publicado el 24 de marzo de 1986, el trabajo nació entre tensiones personales, adicciones desbocadas y una fractura interna tan profunda que muchos daban por hecho el final del grupo liderado por Mick Jagger y Keith Richards. En su momento fue recibido con burlas por la crítica y rechazo por parte de muchos fans, y sin embargo, el tiempo lo ha acabado situando como un punto de inflexión decisivo en la historia del rock.

La gestación de Dirty Work se remonta a abril de 1985, cuando los Stones entraron al estudio Pathé Marconi, a las afueras de París, convertidos prácticamente en una banda fantasma. Venían del tropiezo comercial de Undercover y afrontaban su primer trabajo para CBS en medio del malestar de Richards por la naciente carrera en solitario de Jagger, a quien la discográfica también había fichado por su cuenta. La distancia entre ambos estalló ese mismo año: el vocalista lanzó su primer álbum solo, She’s The Boss, grabó el exitoso dueto Dancing In The Street con David Bowie y se plantó en el Live Aid para cantar temas propios y de los Stones junto a Tina Turner, mientras Richards y Ronnie Wood tocaban como guitarristas de Bob Dylan en el mismo evento. Cuando la banda regresó al estudio después de aquel concierto benéfico, la situación ya era crítica.

Mientras Jagger se ausentaba física y creativamente, Keith Richards asumió buena parte del trabajo en Dirty Work, llegando incluso a cantar dos temas. El panorama en torno al resto del grupo no era mejor: Charlie Watts batallaba contra la heroína y el alcohol hasta el punto de obligar a recurrir a músicos de sesión y baterías ensambladas electrónicamente, Bill Wyman aparecía y desaparecía hastiado del ambiente enrarecido y Ron Wood intentaba rehacerse de su alcoholismo, aunque aún aportó bajo, batería, saxofón y coescritura en varios temas. Para maquillar el caos, la banda se rodeó de invitados ilustres y del prestigioso productor Steve Lillywhite, responsable de trabajos con U2 o Peter Gabriel, además de colaboraciones de Jimmy Page, Bobby Womack, Tom Waits, Jimmy Cliff y otros nombres destacados de la época. Ni siquiera este elenco consiguió ocultar la desconexión interna que se respiraba en cada sesión.

El drama se agravó en diciembre de 1985, cuando Ian Stewart, pianista, miembro fundador y figura casi paternal del grupo, murió de un infarto mientras el disco se encontraba en fase de mezclas. Su ausencia fue tan sentida que la banda le dedicó una pista oculta en el álbum, con una muestra de su talento al teclado. A nivel visual, Dirty Work también se convirtió en símbolo de una era cuestionada: envuelto en celofán rojo, con letras impresas por imposición de la discográfica y un cómic incluido, el disco llegó a las tiendas más caro de lo habitual y luciendo una portada de colores chillones firmada por Annie Leibovitz, donde los Stones posaban con trajes al estilo de la serie Corrupción en Miami y semblantes apáticos. Años después, publicaciones como Pitchfork la señalarían entre las peores portadas de todos los tiempos, emblema de una estética ochentera que parecía jugar en contra de la mística de la banda.

Las críticas musicales no fueron más benevolentes. Medios como People lo colocaron entre los peores álbumes de 1986, señalando a unos Rolling Stones envejecidos y cansados. Rolling Stone describió el disco como el reverso oscuro de Gimme Shelter, pero adaptado a la era yuppie, reflejo de una mezquindad complaciente de mediados de los ochenta. New Musical Express llegó a afirmar que literalmente no había canciones en el álbum y que el sencillo Harlem Shuffle, una versión, se publicó porque no había nada más aprovechable. Décadas más tarde, reseñas retrospectivas como la de Sputnik Music lo ubicarían en el panteón de los peores trabajos de grandes músicos, subrayando la ausencia total de la sinergia que había definido clásicos como Let It Bleed o Sticky Fingers y criticando un acabado pulido pero vacío incluso para los estándares de la época.

Detrás de ese desastre creativo, la relación entre Jagger y Richards se encaminaba a lo que el guitarrista describiría como la Tercera Guerra Mundial dentro de una relación de medio siglo. El vocalista, que se negó a girar con Dirty Work, volcó sus esfuerzos en su segundo disco en solitario, Primitive Cool, y en una gira propia repleta de clásicos de los Stones, pero con Joe Satriani ocupando el lugar simbólico de Richards en la guitarra. El propio Keith respondió con su debut individual, Talk Is Cheap, mientras el resto de miembros se dispersaba en proyectos personales: Charlie Watts formó una orquesta de jazz, Ron Wood salió de gira con Bo Diddley y abrió una discoteca en Florida, y Bill Wyman se dedicó a su restaurante londinense Sticky Fingers. Por primera vez, la continuidad de la banda parecía realmente en duda.

Sin embargo, aquella crisis desatada en torno a Dirty Work no se alargó tanto como muchos temían y terminó actuando como revulsivo. Tras reencontrarse para su ingreso en el Salón de la Fama del Rock and Roll, Jagger y Richards sellaron una tregua que cristalizó en la grabación de Steel Wheels, publicado en 1989 y considerado todavía hoy uno de los mejores trabajos de su etapa tardía. Con ese álbum retomaron las giras de gran formato y consolidaron una nueva fase de longevidad que llega hasta la actualidad. En los conciertos, el recuerdo de Dirty Work se limitó a la recuperación de sus dos sencillos, pero el contraste con aquel disco maldito dejó una enseñanza clara: el álbum que casi destruye a los Rolling Stones fue, al mismo tiempo, el golpe de realidad que los obligó a reconciliarse, reinventarse y demostrar, una vez más, que la banda más longeva del rock podía sobrevivir incluso a su peor momento creativo.