Prince: diez años después, las preguntas que rodean su muerte siguen vivas


La madrugada del 21 de abril de 2016 marcó el final de una de las figuras más influyentes de la música del siglo XX: Prince fue hallado sin vida en su residencia de Paisley Park, en Minnesota, a los 57 años, en circunstancias que, una década después, aún no terminan de encajar en una versión definitiva.

La causa oficial fue una sobredosis accidental de fentanilo, un opioide sintético extremadamente potente, pero los investigadores concluyeron que el artista no sabía que consumía esa sustancia y creía estar tomando analgésicos comunes para el dolor. El caso se cerró en 2018 sin cargos penales y con una sensación de vacío: no hubo pruebas suficientes para responsabilizar a nadie por la cadena de hechos que rodeó su muerte.

Las últimas horas de Prince se entienden mejor si se mira una semana atrás, cuando su avión privado tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en Illinois tras un concierto en Atlanta, oficialmente por una gripe severa. En el hospital permaneció más tiempo del previsto y ese detalle alimentó desde el primer momento las dudas sobre el verdadero alcance de su estado de salud, mientras su entorno intentaba proyectar normalidad.

De vuelta en Paisley Park, el músico retomó ensayos, grabaciones y reuniones, incluso organizó una fiesta improvisada para tranquilizar a sus seguidores con un mensaje claro: estaba bien, aunque su comportamiento y el desenlace posterior sugieren que algo no encajaba.

El 21 de abril su asistente lo encontró inconsciente en un ascensor del complejo, y los servicios de emergencia ya no pudieron hacer nada. La autopsia reveló niveles de fentanilo varias veces por encima de lo que se considera letal y, a partir de allí, la investigación se concentró en determinar cómo llegaron a su entorno pastillas falsificadas que imitaban medicamentos recetados, pero que contenían ese opioide.

Pese a identificar ese rastro, las autoridades no lograron establecer quién proporcionó los fármacos adulterados y la fiscalía del condado de Carver cerró el caso con una conclusión tan clara como frustrante: no había base para llevar a nadie ante la justicia.

En estos diez años, documentales, libros y reportajes han planteado nuevas líneas de lectura sobre lo que pasó alrededor del músico en sus últimos meses, señalando posibles negligencias médicas, dificultades para acceder a tratamientos adecuados frente a la dependencia de analgésicos y un entorno que no supo leer a tiempo las señales de alarma.

Sin embargo, ninguna de esas miradas ha modificado el núcleo del expediente ni ha conseguido reabrir formalmente el proceso, lo que contribuye a que la muerte de Prince siga pareciendo un final abierto. Como si su despedida, al igual que su carrera, se resistiera a ser explicada con una narrativa convencional y cerrada.

Más allá del misterio, el impacto cultural de Prince se mantiene vigente: desde finales de los años setenta, con discos como Dirty mind y 1999, hasta la consagración definitiva de Purple rain, el artista redefinió las fronteras entre funk, rock, pop, soul y electrónica, mezclándolos sin jerarquías.

Multiinstrumentista capaz de grabar álbumes completos tocando todos los instrumentos, controló cada fase del proceso creativo, desde la composición hasta la producción y la imagen, y se enfrentó a gigantes de la industria como Warner Bros., llegando incluso a cambiarse el nombre por un símbolo impronunciable para reclamar control sobre sus másteres y derechos. Su manera de entender el directo, como un espacio de reinvención permanente, dejó huella en artistas de distintas generaciones y convirtió cada presentación en un territorio imprevisible.

Prince también desdibujó fronteras en otros planos: jugó con los códigos de género, sexualidad y raza mucho antes de que esos debates ocuparan el centro del discurso cultural, construyendo un universo donde lo ambiguo era la norma y no la excepción. Diez años después de su muerte, sus canciones siguen sonando en la radio, el cine y las plataformas digitales, mientras un archivo inmenso y todavía parcialmente inédito alimenta nuevas publicaciones, reediciones y hallazgos.

Al mismo tiempo, el interrogante sobre sus últimas horas continúa abierto, reforzando la idea de un artista que quiso controlarlo todo en su obra, pero dejó sin resolver la última de sus historias.