La escena es común: te pones los audífonos para entrenar o concentrarte en el trabajo, eliges tu lista favorita y asumes que cualquier música es mejor que el silencio. Sin embargo, distintos estudios científicos sugieren que no toda banda sonora juega a tu favor. El tipo de música, su ritmo, su volumen e incluso si te gusta o no lo que suena puede potenciar tu desempeño físico y cognitivo… o entorpecerlo silenciosamente.
En el plano físico, la evidencia es clara en un punto: la música adecuada puede hacerte rendir más, pero la inadecuada también puede limitarte. Investigaciones con corredores, ciclistas y deportistas de fuerza han mostrado que escuchar música preferida durante el calentamiento o el ejercicio mejora la sensación de energía, reduce la percepción de esfuerzo y puede aumentar la potencia y la duración del esfuerzo, sobre todo en intensidades bajas y moderadas. En términos simples, un buen playlist puede hacer que el cuerpo aguante más antes de sentirse agotado, al desviar la atención de la incomodidad física y favorecer un estado de ánimo más positivo.
Pero el detalle está en el “buen playlist”. El tempo, o la velocidad de la música, marca una diferencia importante. Canciones de ritmo medio y rápido se asocian con mayor cadencia al caminar o correr, más fluidez de movimiento y mayor sensación de flujo, mientras que ciertos tempos pueden elevar demasiado la activación y terminar reduciendo la motivación si se mantienen por demasiado tiempo.
Incluso se han observado matices más finos, como cambios en el rendimiento cuando se escucha música preferida a distintas frecuencias, lo que revela que no solo importa el género, sino la forma en que el sonido estimula al sistema nervioso. En otras palabras, esa canción demasiado lenta puede bajarte el ritmo en la caminadora, y la demasiado intensa puede saturarte antes de tiempo.
En el terreno cognitivo, la historia es similar: la música puede ser aliada o distracción, según cómo y cuándo la uses. Estudios recientes muestran que ciertos estímulos musicales pueden mejorar a corto plazo funciones como la atención sostenida, la velocidad de procesamiento y algunos aspectos de la inteligencia, siempre que generen un nivel moderado de activación y un estado de ánimo agradable.
Este efecto se explicaría porque la música ayuda al cerebro a filtrar conexiones irrelevantes, volviéndolo más eficiente para centrarse en la tarea, pero solo cuando el estímulo no es tan intenso ni tan complejo como para robar el foco principal.
Sin embargo, no todos los contextos cognitivos son compatibles con la misma banda sonora. Trabajos con tareas de razonamiento verbal, memoria y rotación mental han encontrado que, en algunos casos, la música de fondo puede interferir con el rendimiento, sobre todo cuando tiene letra o cambios bruscos que compiten con los recursos atencionales necesarios para leer, escribir o resolver problemas complejos.
El resultado práctico es que la misma lista que te mantiene despierto en el gimnasio podría dificultar tu capacidad de concentración profunda frente a la computadora, al fragmentar tu atención y obligar al cerebro a alternar entre la tarea y los estímulos musicales.
Para quienes viven con audífonos puestos casi todo el día, la conclusión es menos obvia de lo que parece: no se trata de dejar la música, sino de aprender a usarla estratégicamente. Para actividades físicas de baja y moderada intensidad, la evidencia respalda elegir música que te guste, con ritmos medios o rápidos que eleven el ánimo sin volverse estridentes, mientras que para esfuerzos muy exigentes conviene observar si ciertos sonidos te ayudan a sostener el esfuerzo o, por el contrario, te sobreestimulan.
En actividades cognitivas, optar por música instrumental suave, con poca variación y a volumen moderado, puede favorecer la concentración, mientras que momentos que exigen máxima precisión mental quizá agradezcan el silencio. Al final, la música que escuchas no es un simple acompañante: es un actor más en el escenario de tu rendimiento diario.
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