En distintas partes del mundo existen regiones donde la gente no solo llega a los 90 o 100 años, sino que lo hace con buena salud física, mental y un alto nivel de autonomía.
Son las llamadas zonas azules, áreas en lugares como Cerdeña en Italia, Okinawa en Japón o Icaria en Grecia, donde la proporción de personas centenarias es mucho mayor que la media mundial y alcanzar edades avanzadas no es sinónimo de enfermedad o dependencia.
Lejos de tratarse de un privilegio exclusivo de la genética, los estudios señalan que el estilo de vida compartido por estas comunidades es un factor decisivo y una guía práctica para quienes desean vivir más años con mejor calidad de vida.
Uno de los pilares de las zonas azules es una alimentación sencilla, basada principalmente en alimentos de origen vegetal. En estas regiones predominan los platos ricos en verduras, frutas, legumbres, granos enteros y frutos secos, mientras que el consumo de carne roja y productos ultraprocesados es ocasional y en porciones pequeñas.
Este patrón alimentario aporta fibra, antioxidantes y grasas saludables que ayudan a prevenir enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer, condiciones que suelen reducir la esperanza de vida en las sociedades modernas. Además, muchas de estas comunidades practican la regla de comer hasta sentirse llenos en un 80 por ciento, evitando los excesos y favoreciendo un peso corporal estable con menos riesgo de obesidad.
El movimiento también forma parte natural de la vida diaria en las zonas azules, pero no a través de rutinas intensas de gimnasio, sino mediante actividades cotidianas como caminar, subir colinas, trabajar en el campo o cuidar el jardín. Esta actividad física constante, aunque de baja intensidad, mantiene los músculos fuertes, protege la salud del corazón y conserva la movilidad conforme pasan los años, sin la presión de entrenamientos extenuantes ni objetivos estéticos. En este tipo de comunidades, las personas suelen desplazarse a pie, usan menos el automóvil y permanecen menos tiempo sentadas, lo que se traduce en menos problemas osteomusculares y mejor bienestar general.
Otro rasgo común en quienes habitan las zonas azules es que tienen un claro sentido de propósito y una red social sólida que los sostiene. Diversas investigaciones describen que estas personas se sienten útiles para su familia, su comunidad o sus actividades diarias, lo que se asocia con mejor salud mental y menor incidencia de depresión. A esto se suma que suelen vivir en comunidades cohesionadas, donde las relaciones intergeneracionales son frecuentes, la familia se mantiene cerca y la soledad es menos habitual que en muchas grandes ciudades. Ese tejido social favorece el apoyo emocional, la ayuda en momentos difíciles y una sensación de pertenencia que puede traducirse en más años de vida con satisfacción y estabilidad emocional
Las zonas azules también ofrecen lecciones sobre la gestión del estrés y los ritmos de la vida. En estos lugares forman parte de la rutina pequeños momentos para parar, descansar y relajarse, ya sea a través de rituales diarios, prácticas espirituales o simples pausas para compartir una comida sin prisas. Esta manera de vivir, con menos enfoque en la productividad constante y más espacio para el descanso, se relaciona con niveles más bajos de inflamación y menor riesgo de enfermedades crónicas vinculadas al estrés prolongado. Además, hábitos como no fumar y consumir alcohol solo de forma moderada refuerzan la protección frente a problemas cardiovasculares, respiratorios y hepáticos.
Adaptar el estilo de las zonas azules no implica mudarse a una isla remota, sino incorporar de manera gradual algunos de sus principios a la vida diaria. Elegir más alimentos frescos y de origen vegetal, caminar siempre que sea posible, dedicar tiempo a la familia y a los amigos, cultivar un propósito personal y reservar momentos para desacelerar son decisiones que cualquier persona puede empezar a tomar, incluso en entornos urbanos. La evidencia sugiere que estos cambios, sostenidos en el tiempo, pueden ayudar a sumar años de vida y, sobre todo, años vividos con buena salud, autonomía y bienestar, que es precisamente lo que distingue a quienes habitan las zonas azules.
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