Con el paso de los años es común notar que se tarda más en recordar nombres, cifras o incluso dónde se dejó algo. Esa sensación de “se me fue el nombre en la punta de la lengua” forma parte del envejecimiento cognitivo y, en muchos casos, no implica una enfermedad. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que ciertos hábitos pueden frenar o incluso revertir parte de esa pérdida de agilidad mental asociada a la edad.
Harvard explica que, a medida que envejecemos, se modifica la forma en que el cerebro almacena y recupera información. La velocidad de procesamiento se ralentiza, la atención se dispersa con mayor facilidad y se vuelve más difícil mantener varios datos en la cabeza al mismo tiempo. Esto se debe, entre otras causas, a cambios estructurales y funcionales en áreas clave como el hipocampo y la corteza prefrontal, así como a una menor producción de ciertas sustancias químicas que facilitan la comunicación entre neuronas.
Pese a estos cambios, la memoria no está condenada a empeorar de manera irreversible. Desde Harvard se resalta que el cerebro conserva una cualidad llamada plasticidad neuronal, es decir, su capacidad para reorganizarse y adaptarse incluso en la adultez avanzada. Eso significa que, con hábitos adecuados, es posible mejorar la memoria o, al menos, preservarla a un nivel funcional muy útil para la vida diaria.
Entre las recomendaciones más fuertes se encuentra la actividad física regular, especialmente el ejercicio aeróbico que aumenta el flujo sanguíneo hacia el cerebro. Se destaca que también son clave una alimentación rica en vegetales, pescado, frutos secos y grasas saludables, así como un buen control de factores como la presión arterial, el colesterol y el azúcar en sangre. Estos elementos no solo cuidan el corazón, sino que se relacionan directamente con una menor probabilidad de deterioro cognitivo.
Otra línea de prevención la marcan los estímulos mentales constantes. Harvard recomienda mantener la mente activa con actividades como aprender un idioma nuevo, jugar juegos de estrategia, leer con regularidad o participar en conversaciones profundas. Igual de importante es dormir bien todas las noches y manejar el estrés, porque el insomnio crónico y la ansiedad prolongada afectan de forma directa la consolidación de los recuerdos.
Finalmente, el vínculo social también ocupa un lugar central en las recomendaciones. Mantener relaciones cercanas, participar en grupos y evitar la soledad se asocian con una mejor memoria y un menor riesgo de demencia en etapas avanzadas de la vida. En conjunto, estos consejos recuerdan que cuidar la memoria no se trata de tomar una pastilla mágica, sino de adoptar un estilo de vida que nutra el cuerpo y el cerebro a la vez, algo posible en cualquier etapa de la edad adulta.
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