En los últimos años, diversos estudios han comenzado a explorar una idea que hasta hace poco parecía solo sentido común: las personas con mayor capacidad intelectual y cognitiva tenderían a viajar más y a buscar con mayor frecuencia experiencias lejos de su entorno habitual.
Investigaciones en psicología y neurociencia apuntan a que la exposición a nuevas culturas, lenguas y contextos no solo estimula el cerebro, sino que también se relaciona con rasgos como la apertura a la experiencia, la flexibilidad mental y la curiosidad, todos asociados tradicionalmente con formas de inteligencia más complejas.
Más que un simple descanso, viajar se ha convertido en un fenómeno estudiado como herramienta de desarrollo cognitivo. Trabajos publicados en revistas de psicología han mostrado que involucrarse activamente con otras culturas puede aumentar la llamada flexibilidad cognitiva, es decir, la capacidad del cerebro para cambiar de estrategia, pensar en varios conceptos a la vez y adaptarse a contextos cambiantes, una habilidad clave para la resolución de problemas y el pensamiento creativo. Este tipo de competencias se considera un componente importante de la inteligencia en un mundo cada vez más complejo e interconectado
La investigación también señala que las personas más abiertas a lo nuevo tienden a viajar más y a sacar un mayor provecho psicológico de esos desplazamientos. Estudios recientes describen que individuos con alta apertura a la experiencia muestran una mayor disposición a explorar, aceptar la diferencia y convertir los viajes en oportunidades de crecimiento personal y aprendizaje significativo, lo que refuerza rasgos como la estabilidad emocional y la autoconciencia.
Esta combinación de curiosidad, tolerancia a la incertidumbre y búsqueda de estímulos novedosos se asocia con perfiles de inteligencia que van más allá del coeficiente intelectual tradicional.
Desde la neurociencia, se ha observado que romper la rutina y enfrentarse a entornos desconocidos activa procesos relacionados con la plasticidad cerebral, la capacidad del cerebro para reorganizarse y establecer nuevas conexiones. Al navegar sistemas de transporte que no se conocen, adaptarse a normas sociales distintas o comunicarse en otro idioma, el cerebro se ve obligado a salir del piloto automático, lo que refuerza habilidades como la atención, la memoria de trabajo y la resolución creativa de problemas. Diversos análisis señalan que estas experiencias repetidas pueden traducirse en un funcionamiento más ágil y flexible de la mente, otra dimensión vinculada con la inteligencia práctica
Sin embargo, los especialistas advierten que no se puede afirmar que viajar por sí solo vuelva a una persona “más inteligente” de forma permanente ni que exista una relación directa y automática entre número de viajes y coeficiente intelectual. Algunos trabajos señalan que los efectos cognitivos positivos del turismo pueden ser temporales y que incluso un exceso de viajes puede llevar a una especie de adormecimiento emocional ante lo nuevo, reduciendo con el tiempo la intensidad de las experiencias.
Más que la cantidad de vuelos o destinos, lo que marca la diferencia parece ser el tipo de vínculo que la persona establece con el lugar, el grado de inmersión cultural y la disposición a reflexionar sobre lo vivido.
En síntesis, la ciencia comienza a trazar un retrato matizado: las personas con mayor curiosidad intelectual y apertura a la experiencia tienden a viajar más y a encontrar en el viaje un terreno fértil para seguir desarrollando habilidades cognitivas complejas, desde la flexibilidad mental hasta la inteligencia social.
Viajar no sería solo un privilegio o un pasatiempo, sino una extensión natural de una mente inquieta que busca contrastar ideas, desafiar sus propios marcos de referencia y aprender de primera mano cómo viven otros. En ese cruce entre curiosidad, movilidad y reflexión se estaría construyendo el verdadero puente entre inteligencia y viajes frecuentes.
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