Nelly Furtado, ícono pop de principios de los dos mil y hoy referente de una nueva generación, se ha convertido en una voz poderosa del positivismo corporal a sus 46 años, lejos de los estándares rígidos que marcaron buena parte de su carrera.
En sus más recientes apariciones públicas y publicaciones en redes sociales, la canadiense ha decidido enfrentarse de frente al escrutinio sobre su figura, pasando de ser objeto de comentarios sobre su peso y apariencia a promotora abierta del amor propio, la aceptación y lo que ella misma ha llamado un enfoque de cuerpo neutral para este 2025. Su transformación pública no se centra en una reinvención estética, sino en un cambio de discurso: dejar de discutir cómo “debería” verse un cuerpo y empezar a hablar de cómo se siente habitarlo.
Este nuevo capítulo quedó retratado en una publicación de Año Nuevo, en la que Furtado posó en bikini, sin maquillaje y sin filtros, acompañando las imágenes con un mensaje en el que invita a tener un “body neutral 2025”, pero sobre todo a amar con cada centímetro del corazón y a celebrar la individualidad. En ese texto, la artista reconoce haber sentido con más fuerza la presión estética ligada a su trabajo, pero también asegura haber alcanzado niveles inéditos de autoconfianza y amor propio desde dentro, reivindicando arrugas, venas y marcas como parte de su historia personal. Lejos de la narrativa de “nuevo año, nuevo cuerpo”, insiste en que es perfectamente válido estar conforme con lo que se ve en el espejo y, a la vez, desear cambios, sin que eso implique someterse a los juicios externos sobre cómo debería lucir una mujer en la industria musical.
El nuevo discurso de Nelly Furtado también desafía los rumores y la obsesión con los retoques estéticos, cuestión que ella aborda con franqueza al desmentir cirugías y explicar que su imagen se sustenta en cuidados tradicionales de piel, maquillaje y estilismo, sin retoques digitales en muchas de sus fotos recientes. Esa transparencia contrasta con años en los que su cuerpo fue tema de debate mediático, desde la llamada “fat controversy” hasta titulares que buscaron convertir sus cambios físicos en objeto de burla, y marca un giro en el que la cantante se reapropia de su relato para hablar de diversidad, salud emocional y belleza imperfecta. Hoy, cuando su música vive un nuevo auge y ella misma ha decidido tomarse una pausa de los escenarios para enfocarse en proyectos personales y creativos, su voz adquiere una dimensión distinta: ya no solo como estrella pop, sino como figura que invita a replantear la relación con el cuerpo en una era hipervisual.
Más que proclamarse gurú del bienestar, Furtado se presenta como alguien que ha aprendido a sentirse cómoda en su piel en plena madurez, tras décadas de exigencias y comparaciones. Su relato de una “glow up” en los cuarenta, de sentirse por fin en su mejor momento y de priorizar su vida interior, resuena con una audiencia que la redescubre en redes sociales, playlists y festivales, y que ve en ella algo más que la voz de éxitos como Maneater o Promiscuous. En tiempos en los que el cuerpo femenino sigue siendo campo de batalla en internet, Nelly Furtado se erige como un nuevo ícono del positivismo corporal precisamente porque no promete perfección, sino algo más complejo y realista: aceptar la propia imagen, cuestionar la presión estética y elegir, cada día, una mirada más amable hacia uno mismo.
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