Therian: la nueva identidad juvenil que desafía a la sociedad digital


En cuestión de semanas, la palabra therian pasó de ser un término casi desconocido a convertirse en tema de conversación en noticieros, redes sociales y chats familiares. La tendencia, protagonizada sobre todo por adolescentes que aseguran sentir una conexión interna con animales no humanos, se ha vuelto viral en TikTok, Instagram y otras plataformas, donde abundan videos de jóvenes que usan colas, máscaras, collares y practican quadrobics, una serie de movimientos en cuatro patas que imitan el desplazamiento de un lobo, un gato o un zorro.

Aunque para muchos se trata de algo excéntrico o incomprensible, especialistas recuerdan que la teriantropía como experiencia identitaria circula en foros de internet desde los años noventa, y que lo novedoso hoy es la visibilidad masiva que le dan los algoritmos y la cultura del video corto.

Los therians describen su vivencia como una identificación psicológica, emocional o espiritual con un animal real, sin creer que se transforman físicamente ni renunciar a su humanidad ni a las normas sociales. Esta conexión suele expresarse en detalles simbólicos, como accesorios asociados a su llamado theriotype, y en rutinas físicas o emocionales que buscan acercarlos a los rasgos que admiran de una especie específica. A diferencia de la comunidad furry, que se asocia más con el cosplay y el fandom, la identidad therian se presenta como algo íntimo y permanente, una forma de autodefinición más que una performance ocasional para la cámara. Este matiz resulta clave para entender por qué, para muchos jóvenes, no es una moda pasajera, sino parte de su proceso de construcción de identidad en la era digital.

La explosión mediática del fenómeno ha encendido un debate intenso: para algunos sectores es una expresión legítima de diversidad, para otros un exceso que bordearía el ridículo o el trastorno. Junto con la curiosidad, se han multiplicado las burlas, los memes y la desinformación, e incluso se reportan casos de amenazas y violencia hacia adolescentes que se identifican como therians, un reflejo de cómo la diferencia sigue siendo blanco de hostigamiento en espacios físicos y digitales. Al mismo tiempo, voces críticas advierten sobre posibles riesgos psicosociales si se descontextualizan estas prácticas o se usan para etiquetar a cualquier joven que explora su identidad, mientras especialistas en sociología y psicología enfatizan que el fenómeno debe analizarse dentro del marco habitual de la adolescencia: búsqueda de pertenencia, necesidad de aceptación y experimentación con nuevas formas de ser uno mismo.

Frente a esta ola, la gran pregunta es qué se supone que debemos hacer como sociedad. Más que reaccionar con burla, alarma moral o rechazo automático, la respuesta que proponen diversos expertos pasa por la información, la escucha y el diálogo intergeneracional. Comprender qué es realmente la identidad therian, en lugar de quedarse únicamente con los videos más extremos o virales, ayuda a desactivar miedos infundados y a distinguir entre una experiencia identitaria, una moda performática de redes y posibles señales de malestar emocional que sí requieran acompañamiento profesional. Para familias y escuelas, el reto está en abrir espacios donde los adolescentes puedan expresar sus inquietudes sin ser ridiculizados, manteniendo al mismo tiempo límites claros sobre convivencia, respeto a terceros y cumplimiento de responsabilidades cotidianas.

La convivencia con nuevas identidades digitales exige además una mirada institucional que vaya más allá de la simple censura o la celebración acrítica. Plataformas, medios y autoridades educativas pueden jugar un papel relevante promoviendo contenidos que clarifiquen el fenómeno, desincentiven el discurso de odio y aporten herramientas para manejar el impacto emocional de la exposición en redes.

En paralelo, resulta necesario reforzar la educación digital crítica, para que los jóvenes distingan entre tendencias que los ayudan a explorar quiénes son y dinámicas que solo buscan capitalizar su vulnerabilidad para conseguir clics, seguidores o polémica. Allí donde la curiosidad identitaria se mezcla con presiones de viralidad, la sociedad tiene la oportunidad de acompañar en lugar de estigmatizar.

En última instancia, la tendencia therian funciona como un espejo incómodo de preguntas más amplias sobre identidad, diversidad y límites en la vida pública. Que hoy sean adolescentes que se sienten cercanos a lobos o felinos los que ocupan titulares no significa que el debate se agote en esta subcultura, sino que se reabre la discusión sobre cómo se construyen las identidades juveniles cuando internet amplifica cada gesto, cada símbolo y cada diferencia.

Como sociedad, la tarea parece menos la de decidir desde afuera si esto es una moda legítima o absurda, y más la de garantizar entornos donde la exploración identitaria pueda darse con información, respeto, límites claros y sin violencia. Solo así será posible atravesar esta y las próximas tendencias sin repetir viejos patrones de persecución a lo que no entendemos.

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