Anne Hathaway aprovechó el rodaje de la secuela de El diablo viste a la moda para trazar una línea clara frente a los estándares de belleza que la industria de la moda ha vuelto a ensalzar en los últimos años.
Según reveló Meryl Streep en una reciente entrevista con la revista Harper’s Bazaar, la actriz pidió expresamente a los productores de la película que no se contrataran modelos “alarmantemente delgadas” para las escenas ambientadas en pasarelas y desfiles, con el objetivo de evitar que la cinta reforzara el ideal de cuerpos excesivamente esqueléticos que se ha instalado de nuevo en las pasarelas de alta costura.
La advertencia de Hathaway surgió a partir de una experiencia concreta: su paso, junto a Streep, por los desfiles de la Semana de la Moda de Milán, a los que el equipo asistió como parte de la preparación y el rodaje de la secuela. De acuerdo con el relato de Streep, ambas quedaron impactadas por la extrema delgadez de muchas modelos, una imagen que la veterana actriz consideró un retroceso después de años de debate sobre la diversidad corporal. Esa incomodidad se trasladó rápidamente al set, cuando Hathaway decidió dirigirse directamente a los productores para exigir que el reparto de modelos no replicara el mismo patrón que habían visto sobre la pasarela.
El gesto no se quedó en una simple opinión personal. Meryl Streep contó que Hathaway logró arrancar el compromiso de que en las secuencias de moda de la cinta no se verían maniquíes con un nivel de delgadez extremo, una condición que, según medios estadounidenses especializados en entretenimiento, fue asumida como parte de las líneas generales del casting. Streep, que vuelve a encarnar a Miranda Priestly, describió la actitud de su compañera como una intervención directa para equilibrar la representación de los cuerpos en pantalla, recordando que la primera película ya había sido criticada por reforzar la presión estética sobre mujeres jóvenes que buscan abrirse paso en un entorno dominado por la imagen.
La secuela de El diablo viste a la moda llega en un contexto particular para la moda internacional. Tras una década de campañas en favor de la diversidad y de la inclusión de distintas tallas, razas y edades, varias firmas de lujo han vuelto a apostar por siluetas muy delgadas y por la estética asociada a principios de los años dos mil. Esta tendencia se ha reflejado en la reaparición de la talla muy reducida como norma de pasarela y en campañas publicitarias que privilegian cuerpos extremadamente estilizados, lo que ha reavivado el debate sobre los trastornos de la conducta alimentaria, la presión social y la responsabilidad de las industrias del entretenimiento y la moda en la construcción de referentes físicos.
En ese marco, la decisión de Hathaway apunta a que la secuela no solo continúe con la historia de Andy Sachs, ahora convertida en una figura consolidada en el mundo editorial, sino que también actualice el mensaje de la franquicia en torno a la belleza y la ambición. De acuerdo con lo que se ha adelantado sobre la trama, la nueva entrega vuelve a situar a la protagonista en el centro de un ecosistema de poder, tendencias y apariencias, pero con un mayor énfasis en las tensiones entre la imagen pública, la salud mental y la presión por encajar en estándares físicos muchas veces inalcanzables. La consigna de evitar modelos extremadamente delgadas se integra así en una lógica más amplia de producción, que busca mostrar el universo de la moda con mayor responsabilidad sin renunciar a su atractivo visual.
El gesto de Hathaway también dialoga con su propia trayectoria y con la evolución del debate sobre la imagen corporal en Hollywood. La actriz ha hablado en otras ocasiones de las exigencias de peso que enfrentan las intérpretes en la industria, y no es la primera vez que se vincula su nombre a discusiones sobre presión estética. Que una de las protagonistas de una de las películas más icónicas sobre el mundo de las revistas de moda utilice ahora su influencia para condicionar el tipo de cuerpos que aparecerán en pantalla agrega una capa simbólica a la secuela: la figura que encarnó a la asistente insegura y presionada de la primera cinta se posiciona, en la vida real, del lado de una representación más amplia y menos dañina de la belleza.
Más allá de la anécdota puntual, la revelación de Streep ha encendido una conversación en medios y redes sociales sobre hasta qué punto decisiones de casting pueden contribuir a modificar imaginarios colectivos. Especialistas consultados por la prensa internacional señalan que, aunque una película no puede por sí sola transformar una industria global, este tipo de decisiones sí envían señales claras sobre qué tipos de cuerpos son aceptables en el plano aspiracional del cine comercial. En un escenario en el que millones de personas consumen contenidos vinculados a la moda a través de plataformas digitales, la elección de mostrar modelos con apariencias menos extremas se interpreta como un intento por correr el foco de la delgadez extrema hacia una belleza más diversa y saludable.
El estreno de la secuela, previsto para inicios de mayo, pondrá a prueba si esa intención se traduce efectivamente en la pantalla y cómo reaccionará una audiencia que, desde 2006, ha convertido a El diablo viste a la moda en un referente cultural del cine sobre moda, poder y trabajo. Mientras tanto, la discusión desatada por las declaraciones de Meryl Streep ha colocado de nuevo bajo la lupa a las pasarelas internacionales y a la forma en que el cine retrata un universo que, entre prendas de lujo y portadas memorables, sigue lidiando con el peso de sus propios estándares físicos.

